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PostHeaderIcon Muñecas rotas

PostAuthorIcon Author: Capitan Haddock | PDF Imprimir Correo electrónico
Nuestros Escritos - Relatos Cortos

Hubo un año, ya no recuerdo cual, que me llamaban el muñecas rotas, lo explico.

Primer día del año, festividad de Manuela, incluso canté la canción de moda de Julio Iglesias “Como noche como sueños, son los ojos negros, de mi amor Manuela. Como espiga en primavera, como luna llena es mi amor Manuela. Sus palabras cariñosas, la mirada inquieta, de mi amor Manuela”, comida de arroz en paella para terminar la fiesta con trozos de tarta volando por el aire. Niños y mayores a la cara con el merengue y al suelo por el resbalón. Muchos caímos pero yo quise comenzar adecuadamente el año rompiéndome la primera muñeca de mi única mano izquierda.

Con paciencia supe llevar la férula que un amigo traumatólogo me colocó durante un tiempo prudencial. Manejarse con una sola mano no es nada fácil, pero bueno resignación, al fin y al cabo era la primera vez que mi muñeca se había quebrado a consecuencia de un enfrentamiento tartero.

Fuera el aparato. Movilidad espléndida y estamos en primavera. Ambiente cálido, humedad adecuada y aquel día nos pasamos un poco de todo, era abril, como decía Machado “Son de abril las aguas mil”, aunque reconozco que en aquel no hubo nada del líquido elemento. Con las prisas un acompañante no tenía las llaves de un apartamento situado en una primera planta, “venga colega tú eres el más delgado, te subes a mis hombros y...” Aún a sabiendas con seguridad que mi segunda  profesión nunca había sido la de trapecista, me subo, el me agarra por los tobillos y me elevo a las alturas como un ángel volador. Pronto veo que no poseo alas y que los hombros del colega se ladean por el peso o por exceso del alcohol, catapúm chimpún pumpúm, al suelo del tirón, segunda muñeca partida, esta vez fue la derecha, por aquello de la alternancia.

Vuelta a comenzar, el amigo traumatólogo: “eres pesaito”, otra vez, férula que te crió y como la canción de Marco Antonio Solís “¡Qué fácil es cambiar la dirección de alguien cuando entrega el corazón, con sólo unas palabras que te arrastran hasta la resignación...!” fueron casi dos meses de resignación, y encima aguantar el chaparrón “parece que tienes las muñequitas escuálidas”, yo con cara de circunstancia decía para mis adentros, “serás mamón”.

La primavera pasa y llega el verano, libre mi mano derecha de la cárcel vuelvo a ser yo.

Alguien que se casa, “enamorada está” dice su cuñado, el mismo que me emborrachó. Con las toallas rojas playeras nos dejamos caer toda la prole en una plaza portátil donde una vaquilla jugaba al escondite con todo el que presumía de torero. Un amigo que se lanza, la vaca, que no era una vaca lechera, muge y como una excavadora levanta el albero y lo mira, se miran, ella arranca, él intenta bailar la yenka, ella de forma poco ortodoxa lo rodea, lo cornea, lo chupetea, y se hace sus cosas encima. Él como último recurso termina sujetándose a la parte menos limpia del animal, el rabo de la fiera.

¡Quieto todo el mundo!, llega el matador, ese soy yo, el más borracho, me lanzo a la arena, toalla en ristre, sombrero de Panamá y Olé, Olé y Reolé, revolcón, pedazo de revolcón, mi amigo y yo, la vaca con nosotros se cebó. El unas gafas perdió y yo esta vez de nuevo la  izquierda, mi muñeca izquierda, por el pitón se quebró.

Lo que sigue mejor no contarlo sería repetición. Fue el año de las muñecas rotas. Todavía cuando cambia el tiempo siento dolor y lo que es peor, cuando veo algún amigo de aquella época intento esconderme, el cachondeo suele ser espectacular con la misma pregunta de siempre: ¿cuándo la próxima muñeca?
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PostHeaderIcon Primavera

PostAuthorIcon Author: luciernaga | PDF Imprimir Correo electrónico
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Nuestros Escritos - Relatos Cortos

Primavera es sinónimo de luz, brillo, armonía, florecimiento, pajarrillos cantores en celo y mente que despierta del letargo invernal. Todo tiene un por qué.

Démeter, esposa de Zeus era la Diosa del  trabajo, y má concretamente de la agricultura; hacía que las semillas germinaran y los frutos madurasen; era benigna y pacífica.

Su bella y querida hija Perséfones (en latín Proserpina), ilusionada, entusiasmada como una dulce y bella corderita del anuncio de "NORIT", disfrutaba con sus amigas recolectando florecillas silvestres para hacer guirnaldas, saltando de alegría como las "cabras de Heidi".

Plutón, Dios del mundo subterraneo, hermano de Zeus y por tanto tío de Properpina, cuando la vió se enamoró de ella. No tenía dotes de conquistador ni de de persuasión.

Optó por una solución violenta y poco digna de un Dios: "RAPTARLA".

Con un carro dorado y un latígo negro atizó a sus veloces y elegidos caballos para desaparecer como una estrella fugaz.

Su madre, desesperada, pregunta por su querida hija a todas sus amigas y personas de la localidad; parecía el pueblo de Corleone: algunos no sabían nada y los que lo sabían, ante el temor de Plutón, simplemente callaban.

Cuando su madre logra alguna pista, llena de angustia y cólera, llegó a maldecir a la Tierra por no haber protegido a su hija: los árboles se deshojaron, las mieses se marchitaron, las nubes ennegrecieron, ríos y lagos se helaron; los animales se morían de hambre.

Preocupado por tal situación, Apolo Dios del Sol, desde el exterior, lo sabía todo. Cuenta a Démeter lo ocurrido.

A Démeter la única solución que le queda es hablar con su amado y todopoderoso Zeus. Zeus le responde: "mira, mi querida esposa, si mi hermano Plutón, que es tan poderoso como yo ha raptado a nuestra querida hija será porque estará enamorado de ella; no puedo hacer nada.

Pero existe una posibilidad de que vuelva contigo. Ella vive en el Averno (subsuelo del volcán Etna), morada de mi hermano. Si nuestra querida hija puede vencer la tentación de no tomar ningún fruto de ese lugar, volverá contigo".

Un día, paseando en el Averno, la bella Proserpina tomó una suculenta fruta.

Cuando Zeus lo supo, nu pudiendo liberar para siempre a su tierna hija, para contentar a su desolada esposa, dictó una solución "SALOMÓNICA":

- "Durante seis meses Proserpina será la esposa de Plutón y vivirá en el Averno con él".

- "Los seis meses restantes estará a tu lado y así podrá ver la cálida luz del sol".

Todos los Dioses acataron su voluntad.

La Naturaleza también sufre la suerte de Proserpina: seis meses prisionera del frío otoño-invernal y otros seis bajo el cálido y sereno cielo de la primaver-verano.

"QUE SEA ETERNAMENTE PRIMAVERA"

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PostHeaderIcon Un regalo original

PostAuthorIcon Author: luciernaga | PDF Imprimir Correo electrónico
Nuestros Escritos - Relatos Cortos
Regalos siempre han existido, desde el Taj Mahal  regalo del emperador musulmán Shah Jahan a su esposa favorita, Arjumand Bano Begum, pasando por el que le hizo Marilyn Monroe al presidente John F. Kennedy en el Madison Square Garden con la famosa canción de"to you" por "Mr. President".
Sin embargo, hoy yo me quiero referir a un regalo original que le han echo a una buena amiga sus dos hijos.

- Mami, que nos va a regalar para Reyes?
- Es una sorpresa
- Venga mama, no nos rayes, dilo yá!
- Bueno, lo esperado y un par de besos para cada uno. Por cierto y mi regalo?
- Que te mola tronca? al loro que andamos algo tiesos.

- Deseo pasar un día en la superficie que dicen que es sueca pero todos conocen como IKEA sin agobios, sin prisas, sin malas caras. Ese es el regalo que deseo recibir con vuestra compañia.  
- Cucha, mama está pilla! flipa.
- Bueno que potra y además no nos comemos mucho el coco.

La petición como mímimo la podemos incluir en el apartado de "que tia más rara" pero sin menospreciar que es original y que a más de un@ al leer estas letras ya la estará peticionado en la próxima ocasión que se le presente.
La historia no termina aún. Pasan algunos días y la madre recibe un pergamino perfectamente sellado, rubricado, etiquetado y envuelto en un papel de antiguo cuño llamado amor.
"Por la presente, nosotros caballeros de honor, prometemos y juramos a la madre má hermosa y buena del reino de nuestros corazones lo siguiente:
* Acompañaremos  a la bella dama al castillo de nuestros enemigos los suecos.
* Estaremos junto a ella durante el tiempo que precise y la defenderemos de empujones y codazos.
* Juramos por la tabla del rey Arturo que no pronunciaremos frases como "joder mama, vaya coñazo", "ya esta bien, estamos agobiaos", "que pesadez, te esperamos en el burguer" o similares.
* Al final de la visita será agasajada con abrazos, michinin y guagua.
Así fué como aconteció este regalo simpático y que he titulado singular. Mi modesta opinión es que tanto la petición como la concesión ha sido posible porque en esa relación existe mucho amor, inteligencia y unión.
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PostHeaderIcon Historias Griegas II

PostAuthorIcon Author: luciérnaga | PDF Imprimir Correo electrónico
Nuestros Escritos - Relatos Cortos
En la misma plaza del Duomo (historia anterior), también se celebró otro juicio singular, que en este caso fue una prueba de santidad pagana. Siglos antes de que el emperador Teodosio, convertido al cristianismo, suprimiera definitivamente los juegos olímpicos, en el año 391 de nuestra era, a instancia de un obispo cerril que los consideraba una manifestación pagana, hubo un atleta de pies no muy ligeros, llamado Asiarques, que había participado en una conspiración contra el tirano Dionisio y éste le condenó a la muerte. La sentencia capital coincidió con la llamada de los heraldos convocando a los juegos olímpicos. Asiarques pidió que se aplazara su ejecución hasta que él regresara a Siracusa coronado con unas ramas de acebuche. Prometió que dejaría en prenda a un amigo para que fuera ejecutado en su lugar si él no volvía.

- No existe en toda la magna Grecia un amigo así – dijo el tirano.
- Yo tengo uno. Se llama Pinthias.

El tirano se negaba a creer que hubiera alguien que se prestara a ir a prisión sustituyendo a un amigo con el riesgo de morir decapitado, por eso, lleno de curiosidad, aceptó la apuesta, aunque sabía que si Asiarques regresaba de Olimpia vencedor el pueblo lo aclamaría y le sería muy difícil deshacerse de ese enemigo. Sin dudarlo un instante, Pinthias, que era un filósofo pitagórico, aceptó unir su destino al de su amigo. Se presentó a los jueces de Dionisio para sustituir en el cadalso al atleta por quien había apostado. Entre las gentes de Siracusa se estableció la controversia: unos consideraban una locura comprometer la vida por un amigo, otros admiraban semejante hazaña moral, muy superior a ganar una carrera en Olimpia. Pinthias fue hecho prisionero en la caverna llamada la Oreja de Dionisio y el reo Asiarques partió con la condena a muerte colgada de la mente en una trirreme (nave de guera), cargada de atletas rumbo al Peloponeso. Los juegos duraban siete días, a los que había que añadir los que se invertían en las dos travesías por mar.

La caverna llamada la Oreja de Dionisio tenía una sonoridad misteriosa. La espiral de sus paredes conducía cualquier rumor por mínimo que fuera hacia la altura del ojo cenital que daba al exterior y allí el tirano podía enterarse de toda clase de maldiciones, conspiraciones o quejas que susurraran los cautivos. El tirano oyó esta oración que Pinthias murmuraba para su propio corazón: “Oh, dioses subterráneos, escuchad esta súplica, en vuestra gran clemencia enviad a mi amigo un auxilio que le lleve a la victoria en Olimpia”.

Los dioses no atendieron su petición, de forma que Asiarques resultó derrotado en todas las pruebas y al cumplirse el tiempo de regreso a Siracusa vencido, el pueblo volvió a dividir sus opiniones. Unos creían que Asiarques se quedaría fugado en Olimpia para perderse en el bosque sagrado de Altis, otros pensaban que volvería a Siracusa en la trirreme para arrostrar la muerte. En la ciudad había algunos filósofos que seguían la teoría platónica y en los debates del ágora (plaza publica), proclamaban que el caso de este atleta derrotado y condenado a muerte era el ejemplo de una dialéctica entre el honor, la moral, la estética y el valor de la vida.

El día del cumplimiento de la sentencia coincidió con la llegada a Siracusa de los participantes en los juegos olímpicos. La nave iba a atracar a media tarde en el puerto donde se había concentrado parte del público para aclamar a los que llegaban vencedores. El resto de los habitantes de la ciudad estaban frente al templo de Minerva rodeando el patíbulo. Los verdugos ya habían sacado al rehén Pinthias de la caverna, quien ahora se hallaba muy sereno sobre el catafalco (armazón de madera para actos funebres), esperando su suerte a la hora convenida, mientras la gente enfervorizada cruzaba apuestas letales. La distancia que separa el muelle del puerto y el templo de Minerva a través de diversas calles empinadas podía considerarse una prueba olímpica, ya que tenía las medidas exactas de una carrera de obstáculos.

Asierques fue el primero en desembarcar de la nave. Dio un gran salto sobre la borda y con zancadas rítmicas que desarrollaban en este atleta perdedor una velocidad insospechada recorrió en escasos minutos las quinientas yardas que le llevaría a la muerte. En el instante preciso en que el plazo expiraba llegó Asierques a la plaza, que era la meta suprema de su existencia, y Pinthias contempló a su amigo sonriendo desde lo alto del patíbulo cuando ya estaba a punto de entrar en su corazón el puñal del verdugo. La extraordinaria demostración de amistad conmovió a todos los habitantes de Siracusa, pero ¿quién de los dos amigos había sido más audaz en la entrega? Unos decían que fue Pinthias al ofrecer su vida a cambio de nada; otros, que fue Asierques al cumplir su palabra de regresar hacia su destino vencedor o derrotado. De pronto todo el público comenzó a rugir invocando la victoria como si la plaza fuera la palestra. Los habitantes de Siracusa aclamaban al atleta perdedor considerando que la carrera que acababa de realizar hacia la muerte era la que distinguía a los verdaderos héroes. El tirano Dionisio bajó del estrado que se había preparado para presenciar la ejecución, llamó a Asierques al patíbulo y allí lo coronó con una rama de olivo. Ensalzó su nombre con los versos que Píndaro reservaba a los campeones olímpicos y a continuación Asierques fue ejecutado. Luego le reservó un entierro con honor entre olorosas hierbas y coronas de flores, envuelto en suave y delicado lino, según se podía leer en su estela funeraria.

Allí, en la plaza del Duomo, se habían ganado tres medallas de oro, que siempre contarán en el palmarés de la historia: Arquímedes corriendo desnudo detrás de la física y la geometría, la bella Lucía resistiendo el peso de todos los vicios hasta convertir su carne mortal en mármol rosa, el atleta Asierques aceptando la muerte como un destino unido a la amistad. Frente a la fachada barroca de la catedral de Siracusa me dedicaba a jugar aún con el principio de Arquímedes. Empujaba hacia el fondo del vaso el hielo del ron pensando que algún día también mi corazón podría salir a la superficie de las emociones enterradas y que mi mejor corona de olivo sería poder navegarlas con la dulzura de las aguas azules que el mar Jónico me prometía cada mañana.
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PostHeaderIcon Historias Griegas I

PostAuthorIcon Author: luciernaga | PDF Imprimir Correo electrónico
Nuestros Escritos - Relatos Cortos
La madre de la bella muchacha Lucía padecía de un flujo de sangre muy pertinaz y después de visitar sin éxito a todos los sanadores de Siracusa, su hija, que era cristiana clandestina, le recomendó que implorara el remedio a santa Ageda, patrona de Catania, abogada contra los males de mujer. Así lo hizo la madre. Ante sus súplicas, santa Ageda entró en acción y a la señora se le cortó la pérdida que la tenía con una anemia al borde de la muerte, y para agradecer ese milagro, la madre de Lucía comenzó a repartir sus bienes entre los pobres, no sólo viandas, mantas y vestidos, sino también joyas y tierras. A su hija esta caridad le parecía muy bien, e incluso la alentaba, pero el novio con el que Lucía se iba a casar vio que se estaba quedando sin dote y trató de cortar esta nueva sangría de aquella pareja de manirrotas.

Cuando el galán llegó a la conclusión de que no había forma de pararlas, quiso vengarse y, lleno de despecho, pidió audiencia al tirano de Siracusa para delatar a su novia, Lucía, diciendo que era cristiana. La belleza de la muchacha causaba envidia y también deseos impuros en algunas gentes de la ciudad, lo mismo bajo la luz del sol cuando iba con el cántaro a la fuente de Aretusa como en la penumbra de las catacumbas de san Juan, que eran las antiguas minas de piedra de los griegos, donde se refugiaba para celebrar el culto prohibido a un nazareno junto con neófitos de su misma fe. El mayor castigo sería vulnerar su hermosura.

- ¿Se sabe si era virgen?- le pregunté al anciano.

- Por supuesto. Era una virgen de primera. En el santoral esa virtud es la que más se cotiza. Es como una medalla olímpico a la hora de tener puesto en el podio el altar – contestó.

- ¿No fue sometida a ningún martirio?

- El tirano la condenó a morir a hierro, pero antes quiso entregarla a los bajos instintos de los hombres del prostíbulo de la ciudad – dijo el camarero.

- ¿Y santa Ageda de Catania no acudió en su ayuda, ya que había curado el flujo de su madre?

- Naturalmente. Hizo para ella un milagro espectacular.

En la plaza del Duomo, frente al templo de Minerva, se había montado el tinglado del juicio. La joven Lucía estaba de pie, vestida de blanco, con la cabellera rubia recogida en trenzas sobre su larga nuca, que esta vez no iba a ser segada por el hacha, sino mancillada por el deseo carnal. Cuando el tirano emitió la sentencia de llevarla al prostíbulo, el primero que se prestó a arrastrar a la virgen Lucía fue su novio, mientras otros varones del público esperaban su turno relamiéndose como simios muy lúbricos. El novio la agarró del brazo y tiró de ella, pero no consiguió moverla ni un solo paso. Otros hombres libidinosos se prestaron a secundarle. Primero fueron cuatro, luego más los que trataban de empujarla hacia el lupanar sin conseguirlo y el grupo de voluntarios fue aumentando hasta llegar a cien. Lucía permaneció inmóvil. Ninguna fuerza de este mundo parecía capaz de mover sus pies descalzos y ni siquiera la palanca de Arquímedes lo hubiera conseguido, hasta ese punto era sólida la santidad de la bella muchacha.

El milagro se realizó frente al templo de Minerva. Viendo ahora que el templo pagano está dedicado a santa Lucía como patrona de Siracusa, cualquiera puede imaginar quién ganó este desafío. ¿Por qué ni cien hombres pudieron moverla? Ante los ojos de todo el mundo se realizó el prodigio. La joven Lucía se había convertido en una estatua de mármol cuyas raíces llegaban a alcanzar el fundamento de la ciudad. Fue un gran milagro de santa Ageda, pero yo prefiero considerarlo como una prueba más del principio de Arquímedes.

El impulso hacia la superficie desde el fondo de los siglos también lo había experimentado aquella catedral. El principio de Arquímedes no sólo se realiza con los líquidos. Los elementos básicos de la vida siempre terminan por salir a flote, sobre todo los crímenes perfectos y algunos amores fuertes que se hayan ocultado, las piedras sagradas, las raíces de los árboles junto con todas las pasiones. Esta catedral primero había sido un templo dedicado a la diosa Atenea por el rey Gelón, en el siglo VI antes de Cristo, y, siguiendo el método arqueológico de la tarta de chocolate, sobre su basamento se levantó otro templo en honor a Minerva, cuando esta deidad se puso de moda; luego su fábrica fue aprovechada sucesivamente para el culto cristiano, para mezquita musulmana y finalmente pasó por los distintos órdenes de la arquitectura hasta quedar en catedral barroca. La fachada lateral que da al norte aún conserva en pie las primitivas columnas dóricas del templo pagano con sus metopas y triglifos. Sobre la piedra antigua había flotado la virginidad de aquella bella muchacha de Siracusa, que hoy es su patrona.
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